RELATOS CORTOS INSPIRADOS EN EL EGIPTO DE LOS FARAONES

El Conflicto del Faraón



La escuadra de caza del Faraón, bañados en sudor a causa de la alta temperatura que estaban soportando y el fatigoso trabajo de cargar con gran cantidad de flechas, arcos y otros enseres, ultimaron los preparativos en el momento oportuno en que Tutmosis, adecuadamente vestido, se acercaba a ellos con semblante satisfecho. Aún habiendo madrugado como lo había hecho, no se libró del inoportuno sol matutino el cual le disgustaba bastante. Hacía pocos días que su médico le había dado permiso para que poco a poco volviera a hacer una vida normal, algo más sana que la que estaba llevando en los últimos tiempos, a causa de lo cual había estado postrado en cama durante varios meses.
Hoy se encontraba perfectamente aunque el día no acompañara con su excesiva luminosidad y abrasante calor, situación que le contagiaba una terrible fatiga a cada movimiento. Tenía que reconocer, no obstante, que aquella claridad intensa que invadía el paisaje, le otorgaba un toque hermoso.
- Majestad, - gritó su mozo principal de escuadra, Dyenedy – vuestro caballo está listo y nosotros también, cuando dispongáis partimos.
- Vamos entonces – les ordenó -. Estoy ansioso por volver a disparar mi arco, no quiero que se agarrote y tenga que sustituirlo por otro, este siempre me ha dado muy buena suerte. Tengo ganas de ver los cestos repletos de liebres, ocas, gansos y codornices. Quiero aprovechar el día al máximo, si consigo aguantar, no regresaremos hasta el anochecer. Temo que el exigente de Sedyem no me permita realizar estas salidas a menudo a partir de ahora - refunfuñó, algo irritado consigo mismo.
Era consciente de que la edad comenzaba a hacer mella en sus facultades y de que su médico real sufría por sus continuos abusos y su despreocupación respecto a su precaria salud. ¿Quién pudiera volver atrás?. Sus inolvidables años de juventud. Su inagotable energía y sobre todo su irrefrenable pasión por las mujeres.
Mientras cabalgaba con suma tranquilidad, rememoraba con un deje de ternura y nostalgia a la vez, los momentos felices de su vida, allá en los inicios cuando comenzó a formar su familia. Quien fuera su esposa secundaria Mutneferet, insaciable Dama de ojos grandes y grises, le había dado dos hijos, Imenmés, el mayor y Uadjmés de salud débil y quebradiza. Una buena familia, aunque nada comparable con su inmejorable esposa principal y su preciada hija. Nunca conoció mujer más atractiva que Ahmés. Recordaba perfectamente el día que se enamoró de ella, fue durante la celebración de la fiesta de Opet. Su sencillez, su belleza y recato le cautivaron. No tardó en convertirla en su esposa real, a la que respetó siempre dentro de su condición de Primera Dama. Para el placer disponía de innumerables doncellas, pero para el amor tenía siempre a su lado a su dulce mujer quien nunca tuvo un mal comentario, ni tan siquiera una recelosa mirada en toda su vida matrimonial. Recordaba a la perfección el día que dio a luz a su primera hija, sin lugar a dudas, su preferida. Un bebé precioso de un codo aproximadamente de altura, con una carita singular, encantadora y llena de nobleza. Ahmés había exclamado al verla: ¡Hat-Shepesut!, lo que significa “Está a la cabeza de las Nobles Damas”. No pudo ser más acertado el comentario.
Era un deseo ferviente el que su sucesor fuera digno del celestial cargo como Hijo de Dios. Para ello y sin duda alguna debía ser descendiente de su esposa Ahmés, quien ostentaba una clase social dentro de la nobleza mucho más elevada que su otra esposa Mutneferet. Con el nacimiento de su hija, sus expectativas no se veían cumplidas por el momento. Sus dos primeros hijos Imenmés y Uadjmés no gozaban de las cualidades suficientes para otorgarles un mínimo de confianza. Mientras la bendecida Hatshepsut crecía ajena al conflicto de su padre por la sucesión al trono, Mutneferet dio a luz su tercer hijo varón Tutmosis, un niño al que rápidamente se le notó su bajo nivel intelectual y en consecuencia su bajo sentido de la responsabilidad, cualidad indispensable para el futuro Faraón de Kemet. Cuando su pequeña contaba con tan sólo cuatro años, su esposa principal parió a su segunda hija, la tierna y delicada Neferubity, compañera de juegos de su hermana. Aquel inesperado desenlace al embarazo de Ahmés, trastornó nuevamente sus planes. El conflicto por la sucesión al Trono de Amón seguía abierto al no conseguir ese anhelado varón.

- Majestad, ¿le parece bien que paremos aquí? - le sugirió su portador de armas, obligándole a dejar momentáneamente sus remembranzas.
- Si, de acuerdo, este lugar es perfecto. Nos apearemos aquí mismo. Ayudadme a bajar - les ordenó a su pesar. No le hacía ninguna gracia sentirse incapacitado para algo tan sencillo como era apearse de su viejo caballo, al que estimaba casi tanto como a sus hijos.
Se habían detenido en un espeso paisaje de vegetación variada. Al silencio de la mañana se le acoplaba claramente el inconfundible graznido de sus aves preferidas. Su estupenda cocinera Neset, de una forma exquisita, las guisaba como nadie. Ése era otro de sus defectos, la gula. En la comida veía su segunda fuente de placer, después, claro está, del sexo. Su voluminoso aspecto lo había conseguido a base de saciarse con las exquisiteces que con esmero preparaba Neset para su disfrute. ¿Cuantas veces había intentado Sedyem ponerle a dieta?. Nunca lo consiguió. ¡Que insulsa resultaría la vida sin unas buenas viandas!. Como aquellas legumbres guisadas con su cebolla, sus ajos, su comino y su perejil picado, para continuar con unas aromáticas codornices rellenas de carne picada, guisadas con cebollas y cilantro, todo ello bañado por un magnífico caldo de uvas procedente de Siria. Y para rematar la velada, que mejor que concluir con unas estupendas galletas de dátiles rebozadas en miel perfumada. Entre plato y plato y también entre comidas acostumbraba a ingerir incontables jarras de dorada cerveza que dejaban su estómago a punto de estallar. Desde que Sedyem le advirtiera del peligro de seguir engordando, diez pequeñas jarras de cerveza repartidas durante toda la jornada, eran la máxima dosis permitida. Aunque se lo ocultaban, él sabía perfectamente que su médico había dado instrucciones precisas a Neset para modificar su alimentación, pues últimamente las cantidades en los platos se habían reducido y completado con infinidad de verduras, que aborrecía.
Si pretendía ser sincero consigo mismo, debía reconocer que todos estos excesos le estaban torturando de alguna manera. Se sentía más pesado que de costumbre y como consecuencia, en pocos años, había perdido su porte atlético, pero lo que más le preocupaba era aquel cansancio constante del que no se recuperaba nunca, incluso recién levantado de una larga noche o de una pequeña siesta bajo el sicomoro de Palacio. Siempre se sentía agotado y abatido. Le parecía increíble sentirse así, después de haber participado en incontable batallas y contiendas y haber regresado sano y salvo de todas ellas, luchando enfebrecidamente como cualquiera de los soldados que formaban su magnífico ejército. Algo de lo que se enorgullecía cada día de su vida. Reconocía ante todo, que aquellas victorias se debían en su mayor parte, no sólo a la esencial ayuda de Montu, sino también a la de su gran amigo Ahmés Pen-Nejbet, soldado experimentado, tremendamente valeroso y sobre todo, fiel a la Corona. No dudó en nombrarlo tutor de su hija Hatshepsut, quien tuvo la oportunidad de ampliar conocimientos mediante las lecciones que su maestro le impartía todos los días.

Llevaban ya un largo rato caminando mientras disfrutaban de la naturaleza y al tiempo escrutaban una fácil presa. El cambio de posición del disco solar les indicó que debía estar próximo el medio día. Mientras la fatiga no cesaba de embargarle, redujo la marcha con el fin de escuchar con atención y poder localizar una nueva pieza. Sobre su cabeza acertó a oír el movimiento del ramaje y la silueta del ave agazapada sobre el árbol. Preparó sigilosamente su arma, y disparó con tiro certero. Primero se apreció un leve aletear y a continuación un golpe seco sobre el suelo ardiente. Se acercó el mozo a recoger el magnífico ejemplar, colocándolo en la cesta junto a la decena restante.
- Majestad, - le inquirió el muchacho - entre todos ya sobrepasamos un total de 30 piezas, entre codornices, tórtolas y grullas, más un par de faisanes, tres gansos, una liebre y seis ocas. ¿Deseáis continuar o preferís regresar si os encontráis cansado? – preguntó con diplomacia, sin voluntad de ofender al más grande.
- No se te ocurra ni nombrar el regreso a hora tan temprana. Estoy perfectamente, tanto que voy a ir a por alguna pieza mayor. - Y señalando hacia el este con frágil tenacidad, ordenó a sus acompañantes siguieran sus pasos -. Nos adentraremos en aquel páramo a ver qué suerte encontramos.
Sin disimulada dificultad, montó a lomos de su fiel caballo y cabalgó hacia el lugar disfrutando al máximo de todo lo que la naturaleza le ofrecía. En esos instantes de absoluta conexión con la tierra y el aire, le llegaron los recuerdos de sus numerosas cacerías por diferentes países donde exuberantes animales desconocidos en Kemet habitaban extensiones incontables. Recordó especialmente los elefantes que capturó durante una expedición a Asia, donde después de reprimir los disturbios que se sucedieron en el Retenu, se atrevió a adentrarse en el país de Naharina, donde elefantes y poderosos felinos convivían en manadas.
Qué lastima que Hatshepsut no haya podido acompañarme – pensó melancólico -. Entendía que su hija estuviera demasiado ocupada con sus obligaciones ante el gobierno. Pero no podía dejar de añorar los años en los que a su apreciada Hatshepsut le encantaba unirse a él los días de caza y entre chanzas y algarabías, provocarle para ver cual de los dos llevaba mayor número de ejemplares o quién conseguía el de mayor tamaño. Sólo por ver cómo se le iluminaba el rostro cada vez que atinaba en su disparo, ordenaba a sus hombres desviaran el trayecto de sus flechas, dejando que fuera ella la que hiciera diana. Desde bien pequeña su hija lloraba cada vez que veía a su padre partir de caza sin permiso para seguirle. Cuando dejó su condición de niña, el diestro mozo de armas por orden suya, la instruyó adecuadamente en el difícil arte del atino. Todos sabían que no era precisamente a la joven a quien deberían estar instruyendo, sino al pequeño Tutmosis, quien debería suceder algún día a su padre en el Trono Real de acuerdo con los cánones establecidos. Pero éste era un chico complicado, ninguno de sus súbditos logró convencerle jamás para que procurase determinados conocimientos antes de que llegase el día de la sucesión, odiaba leer, escribir o simplemente ser disciplinado y diplomático, cualidades que su cargo requeriría algún día. Por éste y otro cúmulo de motivos, cierto día confesó a su hija la ilusión que representaría para él que fuese ella la que ocupase su puesto y no Tutmosis el incorregible. A su hijo Inmenmés, de espíritu guerrero, le había otorgado el título honorífico de general del ejército. En cuanto a Uadjmés, no tenía planes de futuro para él, pues siempre había creído que vivía en un mundo aparte, incluso ni los más prestigiosos magos a los que consultó, le supieron decir si su hijo estaba cuerdo, continuamente se refería a extrañas visiones y mensajes que le llegaban desde el Más Allá. Siempre que sus pensamientos se topaban con aquel dilema de la sucesión, su corazón se aceleraba imparable, acongojado por imaginar el futuro del país bajo el mando de su incapacitado hijo Tutmosis.
Una noche, sin tan siquiera notificarlo a sus asesores legales, tomó una meditada decisión. Había ocurrido algo durante la vigilia que le había acabado de convencer por completo y en consecuencia evadido sus profundas dudas.
- La pondré en mi lugar – declaró, después de que una revelación celestial corraborara sus intenciones.
El principal problema ahora estribaba en que necesitaría de todo el apoyo del Sacerdocio. Sin un amago de duda, esa misma madrugada del día 29 del segundo mes de Peret, en el año dos, pidió a su hija que le acompañara al Templo del Dios Amón en Karnak. Mientras los sacerdotes entonaban las oportunas plegarias, penetraron juntos en la sagrada capilla.
Siguiendo el ritual descubrió al Dios y éste le habló:
- Adelante, esperaba vuestra presencia - le había dicho mientras el Soberano y su hija presentaban sus respetos a Amón.
Éste continuó diciendo:
- Deja que sea siempre tu corazón quien te guíe. Escúchalo atentamente y nunca te quedaran remordimientos por haber obrado injustamente – fue éste su mensaje. El mismísimo Dios Amón, su Padre, acababa de dar apoyo a sus intenciones.
Abandonaron la capilla y en presencia del Gran Sacerdote y de sus abnegados discípulos Tutmosis-Aajeperkaré informó de lo acaecido y de su inamovible decisión.
Estas y no otras fueron sus palabras :
“Ésta es mi hija, Khnemet-Amón Hatshepsut, que viva muchos años. La nombro mi sucesora. Ella será quien estará en el Trono. Ciertamente, será ella quien se sentará en el Trono Celestial. Promulgará los decretos a la gente de todos los departamentos de palacio. Ciertamente, ella es quien os guiará. Obedeced sus palabras, reuníos cuando lo ordene...porque ella es vuestro Dios, la hija de un Dios”.

Sus recuerdos continuaron elevándose a circunstancias pasadas en imágenes perfectas llenas de color y sentidos. No se arrepentía lo más mínimo de haber confiado en la inteligencia y astucia de Hatshepsut, atributos indispensables para portar un país como Kemet, que era acechado constantemente por el enemigo, quien envidiaba sus riquezas y su sabiduría. Hatshepsut dominaba como nadie la estrategia y la diplomacia, era hábil negociadora y mejor si cabe como líder de masas. Facultades todas ellas, más propias del sexo contrario, pero que en cambio habían florecido en su hija con total naturalidad y fuerza. Era cierto también, que bajo aquella mente y alma masculina se adivinaba un bello cuerpo de mujer, de finas facciones, bellos ojos oscuros y perfil sereno, en definitiva un encanto de los pies a la cabeza.

Solicitó un breve receso para descansar, aturdido por sus pensamientos y por una oleada de nostalgia sin precedentes. Ahora sí que se sentía extenuado, percibió el agotamiento de su mente, de sus extremidades, de todo su cuerpo, aquellos recuerdos pesaban demasiado para las pocas fuerzas que le quedaban. Pensó que quizás estuviera llegando su fin. No temía la muerte, igual que no había temido la vida. El juicio de Maat sería implacable, lo superaría sin dificultad, estaba seguro de haber obrado correctamente durante toda su vida.
Ni el trotar de su caballo impidió que se le entornaran los ojos mientras se le humedecían por la emoción. Acudió a su mente de repente el mensaje que trasladó a su adolescente hija, destacando sus facultades divinas:
Su Majestad se ha transformado, ha crecido mucho y verla es más hermoso que cualquier otra cosa. Su apariencia es la de una divinidad; su comportamiento es el de una divinidad; su modo de realizar los ritos es el de una divinidad, su fulgor es el de una divinidad. Te has convertido en una perfecta muchacha floreciente.

Incluso con los ojos cerrados podía ver a la perfección la imagen de Hatshepsut durante esa época de preparación al Trono. Repentinamente, sintió una punzada aguda en el costado izquierdo. Su mozo de escuadra se acercó al escuchar el leve lamento que emitió el Faraón, cuya palidez denotaba su mal estar.
- Estoy bien, no me ocurre nada, es sólo cansancio. Prosigamos – ordenó, contundente.
Aún quedaba un largo trecho hasta alcanzar la llanura donde podría disfrutar capturando algún espectacular buey o una pequeña y tierna gacela con el fin de que Neset pudiera deleitarlos con un buen banquete.

Fue en Menfis, donde residió con su hija durante una larga temporada, quizás la mejor de las épocas vividas en familia. Allí tuvo ocasión no solamente de instruir a Hatshepsut, sino también de disfrutar de su compañía y de la de su bella mujer Ahmés. Una mueca de tristeza se dibujó en su rostro al recordar el fallecimiento tan temprano de su pequeña Neferubity. Rememoró, sin embargo, los largos paseos e incansables charlas en torno a los problemas de gestionar el gobierno, a las dificultades propias derivadas de los conflictos con otros territorios vecinos, a los diferentes organismos y templos religiosos dedicados a las deidades y sobre todo, a las necesidades del pueblo que habitaba las Dos Tierras. Durante estas importantes jornadas, había decidido acudir con su hija Hatshepsut a visitar las principales ciudades santas. Fue un peregrinaje de significativa importancia para quien debería ser la futura Reina. Habló con su Madre la Diosa Hathor, habló con su Padre el Dios Amón, con Montu, con Khnum, con todas las emanaciones divinas de Uaset y todos los Dioses del Sur y del Norte. Dejando para el último día de peregrinación la visita al Dios Atum.

Recordaba a la perfección las palabras con las que el Dios acogió a la Princesa:
Te entrego la parte de Horus y la parte de Set. Te doy la herencia de Geb, la función de Atum, las armas de los Dos Señores, en la alegría. Te concedo que guíes todas las llanuras y todas las montañas.

Tuvo, ciertamente serias dificultades con su hijo Imenmés a quien tuvo que retirar de la vida pública de palacio, obligándole a participar únicamente en cuestiones estrictamente militares, alejándolo así de cualquier propósito de sucesión que pudiera acaecer, encontrándose continuamente fuera de las fronteras y ajeno a lo que ocurría en el seno de la familia. Todo ello, no sin la insistente presión que ejercía el entorno de su segunda esposa Mutneferet que liderados por ella misma, no estaban dispuestos creer que sus tres hijos eran indignos para el Trono Real.
A la presión de Mutneferet y su entorno se sumó una gran parte del sacerdocio y una buena parte de los ciudadanos más conservadores y tradicionalistas que no veían con buenos ojos a una mujer como dirigente. Todos ellos habían dudado sin pruebas ni argumentos de la fiabilidad del oráculo divino. Aquellos hechos provocaron que tuviera que buscar una estrategia para que Hatshepsut alcanzara la corona prometida.

Avistó a lo lejos la inmensa extensión por la que un grupo de gacelas paseaban ajenas a lo que se les avecinaba. Por si fuera poca su angustia, unos momentos antes, le había comenzado a subir un pequeño hormigueo por el brazo izquierdo que se hacía cada vez más persistente y continuo. Dudó antes de apearse, por un instante creyó que iba a desmayarse, intentó respirar hondo pero entonces el pinchazo en el costado le cortó la respiración de golpe. Intentó sobreponerse. El bueno y servicial de Dyenedy había acudido en su ayuda, obviando sus órdenes. Aquel intenso dolor le iba a impedir disparar con precisión sobre alguno de los magníficos ejemplares que acababan de pasar por delante de sus narices. Expectoró fuertemente, perdiendo todo control de su cuerpo. Dyenedy alertó a sus compañeros para que le ayudaran. Se necesitaron seis hombres para descabalgar al Rey y acomodarlo sobre la cálida tierra.
- Mirad de atrapadlas vosotros, - balbuceó señalando en dirección a la manada, mientras se acabó de desplomar pesadamente -. De nuevo, un terrible pinchazo recorrió su pecho como si un afilado cuchillo se hubiese instalado en su corazón.
Notó como alguien le colocaba un barullo de ropa bajo su cabeza a modo de almohada. No identificó al hombre, pero se lo agradeció enormemente. Era tan intenso el dolor que creyó sucumbir al sueño, su preciosa hija Hatshepsut que ya contaba 18 años acababa de contraer matrimonio con el precario de su hijo Tutmosis, el segundo con este nombre. Ese tuvo que ser el acuerdo al que llegaran para contentar a todas las partes. Su hija ostentaba ahora el título de Gran Esposa Real. Lloró para sus adentros, algo le decía que el oráculo se cumpliría y que finalmente Hatshepsut ostentaría el poder de las Dos Tierras. Fue quizás una visión que tuvo, el recuerdo de una revelación, se sentía aturdido, pero aquel hecho lo tenía muy claro. Su hija un día u otro, se convertiría en Faraón.
Fue una nueva sorpresa el que a Hatshepsut le ocurriera lo mismo que a su madre Ahmés y diera a luz una niña, Neferuré. Aquel hecho provocó que decidiera gobernar en corregencia con su hijo y de este modo acercar aún más al Trono a Hatshepsut.

Escuchó en la lejanía las habladurías y los rezos de sus compañeros que debían estar implorando a su vera en lugar de ir tras la manada de gacelas. Que cuadrilla de estúpidos. En cuanto recuperase las fuerzas les advertiría de su incompetencia.
Alguien había acudido en busca de médico real, Sedyem. No entendía porque, él no necesitaba ningún médico ni de ninguna magia o hechizo, simplemente necesitaba descansar, en unos instantes se recuperaría y volvería a subir a su caballo. Anocheció, le pareció sentir algo de frío. Le comentó a Dyenedy que lo abrigara con su manta. Dyenedy parecía no escucharle, pues hacía caso omiso a su petición. Notó una repentina ligereza en su cuerpo. Ausencia absoluta de dolor. Disfrutó del silencio y de la paz que percibía y que lo rodeaba por todas partes. Se incorporó y comenzó a caminar. Localizó rápidamente a su fiel caballo, subió a su grupa y sin pensarlo se dirigieron juntos rumbo a las afueras de Uaset.

Dyenedy y el resto de la cuadrilla del Faraón quedaron estupefactos. El caballo de Tutmosis I cabalgaba en solitario alejándose del lugar, mientras el joven Amset advirtió a sus compañeros que la cabeza del Tutmosis acababa de resbalar sobre el casual cojín.
- Coged los mejores caballos y corred, - ordenó Dyenedy -. Necesitamos un carro y una litera. No hay tiempo que perder. Traed a Sedyem ahora mismo. Vamos, - urgió, aún cuando su interior le decía que no había nada que hacer.
No pudo evitar arrodillarse ante el gran Tutmosis. Con suma delicadeza, levantó sus párpados que dejaron entrever el blanco de sus ojos para comprobar su estado de conciencia. Suspiró.
De su rostro resbalaron frías gotas de sudor que le cegaron la vista y un breve estremecimiento recorrió su cuerpo, cuando después de mucho insistir no logró encontrar pulso. Levantándose con violencia, ordenó a los curiosos que se arremolinaban se apartasen para dejar que el Soberano tomara aire en caso de que aún pudiese necesitarlo.
Una eternidad tardó en acudir Sedyem que se acercó a ellos con pasos inseguros reconociendo la gravedad de la situación desde la distancia. Hurgó presto el médico bajo el potente mentón para intentar adivinar el sacudir de la sangre por sus venas, que le demostraría que en aquel cuerpo inerte aún quedaba un resquicio de vida. Su manos heladas por el pavor que le estaba azotando, buscaron un largo instante sin conseguirlo. Miró a su amigo Dyenedy. Invadidos por una repentina amargura, lentamente se irguieron. Observaron como las tensas extremidades de los testigos quedaban paralizadas bajo sus miradas.

Más de una docena de ojos escrutaban expectantes, seguros de lo que estaban a punto de oír.
Por fin Sedyem habló:
- Caballeros, lamento comunicarles que nuestro venerado Hijo de Amón, Faraón de Kemet, de nombre Tutmosis-Aajeperkaré, ha muerto - certificó.

Aquel amanecer un madrugador pastor observó a escasa distancia como un viejo caballo se dirigía a las entrañas de la wadi, justo al sur de un macizo rocoso dominado por la montaña. El avejentado caballo parecía buscar algo en el escarpado acantilado de difícil acceso. No entendía que hacía allí dicho ejemplar, pues aunque no portaba jinete alguno, parecía que sus riendas fuesen dirigidas a un lugar concreto. De repente el animal se detuvo ante una falla sita en la pared que parecía penetrar hasta el interior de la montaña. El atrofiado caballo permaneció en el lugar noches y días, sin consumir alimento alguno, abandonado a su destino. Hasta que llegó el momento en el que su alma pudo penetrar en la sepultura que albergaba a su dueño, para así unirse a él definitivamente.

Ineni, el arquitecto real sentenció durante los actos funerarios:
Habiendo pasado su vida en paz, el Rey partió hacia el cielo, habiendo concluido sus años con dulzura de corazón.

Kemet lloró durante días, semanas, meses... quizás años...

Duelo de Poder



La extraña boda se había celebrado bajo el estupor de la mayoría de los miembros de la corte real, que continuamente preguntaban de donde había salido aquella especie de buscona y cómo se lo había montado para engatusar al Rey hasta conseguir que se casara con ella. Nadie halló explicación.
Como buena esposa, aún a disgusto, se dispuso a pasar aquel día a la sombra de Isis intentando aparentar tranquilidad. Una parte de su estrategia constaba en no demostrar a Tutmosis, el segundo con este nombre, el rechazo que le producía su segunda esposa, de lo contrario, sólo conseguiría apartarlo de su lado para volcarlo aún más en los brazos de ella. Debía actuar con tiento. Así que los primeros días siguientes a la boda, se limitó a despedirse de su hermano con un breve y afectuoso saludo antes de acostarse, evidenciando que por el momento no se interpondría entre ellos.
Su mayor ansia era quedar encinta de nuevo de su hermano y esposo para garantizar un heredero al trono avalado por los Dioses. Su primogénita, Neferuré, era una niña hermosa y encantadora pero desgraciadamente no podía ser candidata a la sucesión, no gozaba de ese beneplácito. Ahora, después del enlace de Tutmosis con Isis, urgía más que nunca. Un hijo de una plebeya, solamente podía ser un bastardo y Kemet no podía ser gobernada nunca por un bastardo. Su adorado padre se lo había ensañado muy bien desde pequeña, aunque por lo visto aquellas enseñanzas no habían hecho mella en su estúpido hermano, bobo e incapaz donde los hubiera. Desde que se viera obligada a casarse con él para poder convertirse en la Gran Esposa Real, aún manteniendo con ello su nombre, Hatshepsut, y así acercarse a la que era su meta, no había cejado ni un solo día de argüir como alcanzar el mensaje que su venerado padre Tutmosis-Aajeperkaré le transmitió procedente de los mismos Dioses.
Tanto como fue capaz, durante varias semanas contuvo sus emociones hasta límites insospechados, aunque sin poder evitarlo había llegado al límite de su resistencia. Empezaba a estar más que harta de aquellas empalagosas muestras de cariño que se procesaban el uno al otro, ante la mirada de todos, sin reparo alguno. Tenía claro que Isis era una actriz maravillosa, los arrumacos y constantes piropos con los que deleitaba a Tutmosis, no eran más que parte de la pericia que utilizaba en su contra, aquella extraña y silenciosa batalla que las dos mujeres iniciaron el día en que se conocieron. Si no conseguía captar la atención de su hermano y tener relaciones, no podría alcanzar su objetivo, quizás para entonces sería demasiado tarde. No podía esperar ni un día más.
Recorrió el pasillo que le conducía a la soledad de sus aposentos, estaba decidida a ello, era como si una voz interior la alentara a hacerlo. Por unos instantes se sintió eufórica, casi vencedora, la respuesta de los Dioses le reportaría los beneficios esperados. Su joven doncella, una sureña de ojos tristes y apagados, corría tras sus pasos a la espera de nuevas órdenes. Se detuvo para obligarla a dejarla sola, no era algo habitual, pero aquel ritual debería realizarlo en la más estricta intimidad, en conjunción absoluta con los seres divinos. La servil Amra, se alejó sin mostrar su dorso a la Reina.
Hathor, su benefactora, la antigua diosa celestial de la alegría, el amor, la música y la danza, sería su principal protectora. Hathor podía ver con el ojo sagrado de su padre y consorte Re, así era como conocía todo lo que sucedía en la tierra, los mares y los cielos. Era capaz también de conocer los pensamientos y los hechos de la humanidad. Hathor llevaba un escudo que devolvía el reflejo de las cosas bajo su verdadera luz. A partir de ese escudo, creó el espejo mágico. Una de las caras tenía el poder del ojo de Re, en la otra cara se podía ver el rostro real de quien miraba. Su madre Ahmés fue quien le mostró sus poderes. Recordó que le advirtió que debido al peligro que conllevaba realizar una adivinación mediante el sagrado espejo de Hathor, debía estar muy segura de lo que iba a consultar antes de hacerlo, pues un uso equivocado o generado por un interés particular, podría convertirse en la condena de aquel que osara manipular una situación en su beneficio. Hatshepsut se detuvo por unos instantes al recordar aquellas palabras, pensó en que ella no tenía intención de manipular nada y mucho menos en su propio beneficio, simplemente pretendía que se cumpliera con aquello que el oráculo divino predijo en su momento. Ella se elevaría como Hija del Dios y por tanto ascendería al Trono de Amón, tal y como su padre, el sabio regente Tutmosis I le prometió. A sabiendas de que las dificultades se cernían sobre su persona para tal logro, pensó que el único modo de continuar la dinastía que su amado padre inició, sería con un hijo varón de su sangre, de la misma sangre que había corrido por el cuerpo de su padre, sangre de los dioses.
Hechas estas deducciones, concluyó que su intención era sincera, clara y ética. Conseguiría engendrar un varón de sus entrañas que gobernara al futuro Egipto con la sabiduría que sólo un Dios puede tener.
Los recuerdos afloraron rápidos, no podía olvidar con tristeza la amargura que la embargó durante su anterior embarazo del que se estaba todavía recuperando. Pese a los cuidados de su médico real, aún se sentía floja y quebradiza. Intuía que su apatía se debía más a los esfuerzos volcados en la consecución del sexo de su bebé, que no al propio embarazo, que en definitiva resultó ser un fracaso. Se culpó por no haber procedido correctamente ante los Dioses, descuidando potentes rituales, con la seguridad de que no le fallarían. No llegaba a comprender el motivo, pero, le habían fallado una vez, ahora tenía claro que no podían volver a fallarle.
Tan pronto como la concubina de su hermano, la odiosa Isis, hizo aparición en Palacio, inició lo que sería la primera estrategia por desarmarla. Instaló un cuidado y refinado altar en sus estancias. La imagen del Dios Min presidía la escena. No se olvidó esta vez de la Diosa Tueris, ni de Hathor, ni tampoco de Nut. Con sus propias manos, moldeó figurillas de barro con el cinto sujeto alrededor de las caderas, destacando unos prominentes pubis triangulares, que facilitaban las relaciones amorosas y en consecuencia la concepción. El primer día de luna creciente, tal como el ritual exigía, colocó a la Diosa Isis, con cuernos de vaca, símbolo nutricio, un bebe varón en sus brazos, aquel que representaba a su hijo. Todos los días al atardecer, procedía personalmente a purificar el altar con perfume e incienso de rosas, loto y lirio, trazando círculos imaginarios, de izquierda a derecha, al tiempo que recitaba las siguientes palabras ceremoniales:
“Vosotras que habéis sido madres, Isis, Hathor y Nut madre del cielo, concededme a mí también esta noche la bendición de un nuevo ser. Un ser que ejercerá como futuro Rey de Kemet. Un ser capaz de gobernar, proteger y fortalecer el país como sólo un Hijo de Dios es capaz de hacerlo”.

Estaba decidida, ahora, a ir más allá. Cerró la puerta tras ella, asegurándose de que no sería molestada hasta entrada la tarde. Se desnudó completamente. Lavó sus manos y pies con agua fresca recién traída. Extrajo de su baúl un sencillo vestido de lino blanco, casi transparente que dejaba entrever su perfilada figura y sus turgentes senos. Se colocó la peluca ceremonial y su colgante preferido de lapislázulis con un apreciable udjat de turquesas central. Sentada en su tocador, dibujó sendos círculo con polvo de khol alrededor de ambos ojos, con el fin de aumentar la clarividencia y protegerse de cualquier mal. Se dirigió a una habitación anexa al dormitorio, donde disponía de su templo particular. Era bellísimo.
Una inconmensurable figura de Hathor dignamente coronada con el disco solar y los cuernos de vaca, se levantaba justo en el centro de la sala, cuyas paredes y techos estaban perfectamente decorados en su honor y en el de su padre y consorte el Dios Re. En el atrio central, el que velaba la Diosa, se hallaba pleno de polvo de incienso perfumado con cientos de pétalos de rosa. Colocó la purificadora esencia en una vasija de alabastro y ayudada por la llama de las velas que nunca cesaban de quemar en honor a la Diosa que custodiaba el lugar, encendió el polvo, originándose al instante unos efluvios sólo dignos de ser apreciados por una mujer de su rango y procedencia. En el silencio de la sala, solamente podía apreciarse el roce de sus nalgas y el sonido que imprimían sus pasos al caminar. Se postró ante Hathor explicándole su problema. Ella era mujer, debería entender sus anhelos, deseos que la conducían a utilizar su herramienta adivinatoria. Era la primera vez que lo hacía. Antes de proceder, pidió perdón y clamó entendimiento. En sus palabras dejó constancia de su fidelidad al país que la había visto nacer y en el cual moriría algún día. Kemet merecía lo mejor y lo mejor se encontraba en lo divino, ella y sólo ella podría dar un digno sucesor al trono de Amón, porque ella misma era hija de Dios.
Se enderezó y se dirigió a la cómoda en la que guardaba la caja de sicómoro que contenía el mágico espejo de Hathor. Descubrió la herramienta hecha de plata con un bello mango simulando la imagen de la Diosa. Se creyó dispuesta y valiente para iniciar el ritual de adivinación.
Antes de proceder, realizó un casi perfecto círculo con piedras de turquesa, la piedra de poder de Hathor, en el suelo a su alrededor. Se colocó en el centro y sujetó el espejo con firmeza, permitiendo que los últimos rayos de la luz del día incidieran en él. Inclinó el ángulo del espejo de forma que no se reflejara su rostro pero se pudieran ver las imágenes que estaba apunto de descubrir.
Concentró toda su energía mentalmente en la imagen de la Diosa e hizo la pregunta, cuya respuesta tanto le había robado el sueño.

Sin más dilación, ni compasión por su parte, entró como un torbellino en la sala de descanso de su hermano aprovechando la ausencia momentánea de Isis. Se situó a su vera en el mismo lugar que había estado ocupando la otra. Acercó sus labios sensuales a su oído para darle un recado:
- Estimado, hace demasiado tiempo que no gozamos de intimidad. Estoy ansiosa, - le acarició dulcemente el mentón, provocándole unas ligeras cosquillas - creo que me debes algo de dedicación, ¿no te parece? Yo soy tu esposa principal ¿Lo habías olvidado, acaso? - recitó con tono sensual continuando con las caricias, para atraer toda su atención. Isis, acababa de hacer aparición en la sala, lo que provocó que las insinuaciones se volvieran más descaradas, causando ello la iracunda mirada de la despreciada recién casada.
- Supongo que puedes esperar a que acabe con esta exquisitez, me siento hambriento con tanto desgaste, Isis también me ha salido ardiente - rió, divertido ante tanta petición de sus servicios. A más de un hombre le hubiera gustado ocupar su lugar, pero él era irrefrenable, nunca se sentía agotado para esos menesteres, sacaba fuerzas de donde podía, era algo que todos sus amigos admiraban, pues desde jovencito había superado al más fanfarrón de ellos, demostrando sobradamente su hombría.
- Desde luego, cariño, no pretendía dejarte sin tu comida favorita. Quiero que te recuperes, sino, no podrías satisfacerme como sabes. – Balbuceó, socarrona y totalmente desinhibida.

Re, comenzaba a desaparecer cuando Tutmosis empezó a sentirse harto de tanta comida. Hatshepsut, tuvo la paciencia y el atino de esperar sin protestar hasta que su esposo ordenara. Desaparecieron los dos por el flanco de la puerta dejando a la servidumbre atónita ante aquella imprevista marcha tan obvia, que no se producía desde hacia incontable semanas. Comentaron, unos y otros lo extraño que parecía que los hermanos se prodigaran tanto afecto de repente, pero en cierto modo les parecía bueno, mucho mejor que aquella tal Isis, arisca, malhumorada y pretenciosa, que a cada paso denotaba su ignorancia para portar tan alto y noble título.
Sin habérselo buscado, a la jovencísima Isis no le tenían mucha simpatía, a pesar de que ella, sin demasiada gracia, intentaba ser una carismática anfitriona. Aún así, era tan obvia su falta de modales y poca delicadeza, además de su basto lenguaje, que fue preciso que tomara clases de dicción, compostura y protocolo. Para ello su venerado esposo había puesto a su disposición un profesor que todos los días después del almuerzo le dedicaba largo tiempo, consiguiendo con bastante dificultad solventar su escasez de vocabulario, expresión y educación, motivos por los que se sentía tan rechazada por el entorno de Palacio. Según su propio parecer, había mejorado mucho desde su llegada, pero ese parecer no era compartido por el resto.
El acontecimiento de aquella tarde, no alcanzó cotas peligrosas, gracias a que supo controlar sus impulsos, como le había enseñado su maestro. Evidentemente, se sintió incómoda ante la súbita dedicación de su esposo hacia Hatshepsut, de quien nunca hablaba en términos matrimoniales, únicamente la mencionaba para cuestiones de gobierno, ya que Tutmosis permitía a su esposa principal que se ocupara de las gestiones con los ministerios y nomos. Tenía depositada total confianza en ella. Todo aquel cúmulo de situaciones provocaban que las dos mujeres se vieran la una a la otra como auténticas adversarias. Se inició así la más silenciosa y perversa de las contiendas.

Habían pasado varias semanas desde que Hatshepsut hubiera retomado la rutina con Tutmosis. El Rey no por ello había dejado de dedicarse a su segunda esposa, pero sí había conseguido, o al menos eso creía, encontrar el equilibrio para que las dos mujeres estuvieran agradecidas, incluso creyó que su esposa principal había comenzado a incluir a Isis en sus jornadas de ocio.
Por su parte, Hatshepsut seguía tramando con absoluto disimulo. En ningún momento podría permitir que su firme propósito la delatara, por lo que debía ser ágil y avispada para no despertar sospechas. Siguió enfrascada como solía en su delicada tarea de gobernar aquel hermoso país que el Faraón había dejado prácticamente en sus manos. Con precavidas muestras de sinceridad, introdujo a Isis en su cerrado círculo de amistades, la hizo partícipe de sus gustos, intereses y buenos propósitos. La desafortunada e ignorante compañera, se mostró en todo momento receptiva y dispuesta a zanjar de una vez por todas las rencillas que se oponían a mantener una relación cordial con quien era la Dama más importante e influyente del país.

No necesitó repetir el ritual durante la siguiente luna creciente, debido a que en pocos días supo que estaba esperando un hijo. Siempre se acusó a si misma por no haber iniciado la potente ceremonia en el embarazo anterior muchas semanas antes. Estaba convencida de que no se había alcanzado el efecto de tan mágico y eficaz ritual, por haberse producido la concepción demasiado pronto, es decir, durante los primeros días de relaciones, sin dar tiempo a los Dioses a escuchar sus plegarias y a actuar en consecuencia. Motivo por el que había dado a luz a la que era su primera hija. Era cierto, que durante los primeros días posteriores al parto, la decepción y el abandono se apoderaron de ella, arrastrándola a los abismos, hundiéndola en las profundidades del inframundo de Osiris. Pero esta vez iba a ser diferente. Acarició su vientre entusiasmada.
Se asomó a la ventana de su estancia, miró a lo lejos, justo por donde Re hacía su aparición, imperturbable, todos los días. El cielo tenía un color magnífico, luminiscente, que auguraba un sofocante calor para el resto de la jornada. Respiró hondo, llenando sus pulmones hasta saciarse del aire de su tierra, el aire de Kemet. Dio las gracias a los Dioses por haberla escuchado. No tenía nada que temer. Contaba con el respaldo celestial. Estaba claro, continuaría actuando en su beneficio y en el de su país, utilizando la poderosa magia de los Dioses y su sabiduría. Casi lloró, al imaginar a su hijo en sus brazos.
Repentinamente se sintió mareada. Unas súbitas nauseas la obligaron a llamar a su inseparable Amra. Solicitó la presencia del médico real en sus habitaciones. Cuando su dulce sirvienta intentó despejarla acercándole su perfume favorito, tuvo que erguirse rápidamente para vomitar sin tiempo a coger un recipiente. El vómito le proporcionó momentáneamente un poco de mejor cara. No le hizo falta que Selkis le certificara su embarazo. Dejó pasar unas horas, hasta sentirse mejor, deseando ser ella en persona quién diera la noticia al faraón, se acicaló para estar radiante y acudió en su busca.
Para variar lo encontró sometido a las atenciones de sus damiselas, pero afortunadamente Isis no se encontraba en la estancia.
- Tutmosis, - gritó entusiasmada -. Por favor, dejadnos, - ordenó, dirigiéndose a las bellas y habilidosas mujeres -. Con tu permiso, por supuesto. Tengo que hablar contigo a solas, querido hermano -. Dando un vistazo en derredor, comprobando que todas habían desaparecido, se acercó a él con visible felicidad en su rostro -. Selkis me acaba de confirmar que estoy esperando un hijo, - le comunicó, con una amplia sonrisa en el rostro algo demacrado.
- Hatshepsut, es magnífico, estoy muy contento por ti. Nunca había pensado que tendría dos hijos en poco espacio de tiempo. Será fenomenal.
Aquellas palabras, atravesaron su cerebro como vainas puntiagudas que casi le causan la súbita pérdida del conocimiento. No podía creer lo que acababa de escuchar.
-¿Cómo has dicho?, ¿dos hijos? - preguntó con el corazón a punto de desbocársele por lo que presentía que estaba ocurriendo.
- ¿Es que acaso no te lo han comunicado ya?. Isis también esta embarazada, ella misma me lo notificó hace tan sólo unos días, y por lo que sé, muy avanzada - se explicó, sin darle ninguna importancia al asunto -. Creí que estabas informada. Tendré que reprender a mi joven esposa por no haber acudido a comunicártelo. Tiene que aprender, poco a poco, debes perdonarla, todavía le queda mucha escuela. - Besándole en la frente, la despidió para continuar con sus fútiles ocupaciones.

En la mente atropellada de la Reina, se estaba generando toda una serie de conjeturas que deseosa estaba de compartir con alguien antes que se convirtiesen en auténtico veneno. Se dirigió como una flecha a su cámara y lanzándose sobre el lecho, lloró de rabia por no haber sabido retener suficientemente a su esposo y haberle expuesto claramente sus pretensiones.
Ya un poco más serena, pensó en la única persona con capacidad para consolarla. Amra, recorrió todo palacio para encontrar al buen Sennemut, que en aquel preciso momento no estaba disponible para atender a la Reina, pero ella llevaba órdenes de no regresar ante Su Alteza sin él.
Su querido Sennemut siempre la había ayudado en todo desde el día en que coincidieron por vez primera, era su más fiel servidor y amigo. Con el tiempo habían creado un lazo indestructible entre ellos, difícil de calificar y comprender para muchos. Su extraño amor, se confundía a menudo, pero nunca hubo entre ellos, hasta el momento otra intención que no fuera la de mutuo apoyo y consuelo.

Continuaba Hatshepsut en su habitación esperando que su amigo hiciera entrada, para por trigésima vez recostarse sobre su musculoso pecho y lamentarse con su nuevo fracaso. Algo asustado por las prisas mostradas por Amra, entró veloz sin tan siquiera pedir permiso.
- ¡Hatshepsut! - suspiró aliviado al verla intacta sobre su camastro - ¿qué te sucede?, he tardado un poco, estaba finalizando los planos de las nuevas columnatas que instalaremos en el nuevo Templo, en Luxor. Te gustarán, querida - sentenció, dirigiéndole una sonrisa sincera.
- Ven, por favor. Olvídate de tus proyectos. Siéntate a mi lado, tengo que saber tu opinión sobre algo importante - le advirtió, con un susurro de voz que casi no le salía del cuerpo.
- Soy todo oídos - musitó con un mohín de preocupación.

Con muestras claras de su gran disgusto, explicó lo de su embarazo y el de su adversaria, como ella la veía, provocando en su amigo una mueca de escepticismo.
- ¡Ya ves! – suspiró -, por si no tuviera pocas preocupaciones, ahora además tendré que pasarme todo mi embarazo y el de esa desgraciada, con la incógnita de conocer el sexo de nuestros respectivos hijos – casi gritó, con un grave gesto de dolor que mortificó todo su cuerpo.
Sennemut, no poseía en ese momento palabras de consuelo para su adorada Reina. Optó, entonces, por cogerla en sus brazos para calmarla como supo, haciéndola, así, sentirse más segura. El suave contacto de su oscurecida piel por el sol, le produjo una agradable sensación de placer, que tuvo que reprimir al instante. Sin mediar palabra, paseó lentamente su firme mano por el brazo tembloroso de ella durante un buen rato, hasta que creyó que se había relajado. La recostó en su cama y salió de la habitación, antes que su instinto masculino lo traicionara, nunca se lo perdonaría.
Quedó sola, postrada en su cama. Como un relámpago le volvieron a la mente las palabras de su hermano, “Nunca había pensado que tendría dos hijos en poco tiempo”. Que horrible sonaba aquella afirmación. Si pudiera provocarle un aborto a Isis lo haría encantada. El odio hacia aquella mujer surgía con más fuerza cada día que pasaba. Si los Dioses fuesen piadosos con ella y le otorgaran la dicha de parir un precioso varón, se acabaría su sufrimiento, pero... ¿y si no era así? - meditó, potenciando su nerviosismo, con el anhelo de tener ya de una vez a su hijo entre los brazos.

Sus fervientes deseos de conseguir lo que ansiaba y lo único que daría sentido a su vida, la condujeron a continuar usando la magia y el poder de los Dioses, en detrimento de su adversaria, quien tenía previsto parir en breve. La muy astuta, según información recibida por medio de sus confidentes, había ocultado su embarazo durante cinco meses. Aunque los motivos que dio, solamente fueron creíbles para los más ingenuos. Ella supo siempre que obvió la noticia expresamente. Según le había explicado, Noferet, una elegante y distinguida Dama de la Corte y gran amiga, Isis había ocultado su embarazo a todos, debido a que al tener sospechas de ello, acudió a un mago que le previno contra unas extrañas fuerzas contrapuestas a que llegara a buen término su gestación. Aquello había sido un ardid de Isis, para ganar tiempo. Pero lo que la muy estúpida no sospechaba, era que ella, la Reina, sería la única futura madre del Faraón de Kemet, con la divina ayuda celestial.

Todos los días, al caer la tarde, se encerró en su Templo dispuesta a utilizar el poder que los Dioses le habían otorgada como Hija de Amón.
En su poderoso altar, colocó las figurillas de barro, que ella misma modelaba todos los días, representando el cuerpo de Isis embarazada. Su intención no era dañar de muerte a la mujer ni tampoco a su bebé. Su intención era, sencillamente conseguir que aquel bebé, fuera niña y en último caso, aún siendo niño, que no tuviera capacidad para gobernar el país, pues debía ser su hijo quien lo hiciera. Por tanto, sus peticiones eran dobles, algo que resultaba complicado, pues normalmente, se debían centrar los ruegos en una cosa concreta. Utilizó el poder de la palabra para certificar verbalmente y por escrito aquello que pedía. Resonaron por todas las paredes de la estancia con voz firme, la siguiente oración:
“Salud a ti, oh Padre Amón-Re. Salud a vosotras, las siete Hathor, que os adornáis con franjas de hilo rojo. Salud a vosotros, Dioses y Señores de los Cielos y de la Tierra. Yo, Maatkaré-Hatshepsut que os honra, me dirijo a vosotros siendo esta mi súplica: Haced que la Dama Isis, alumbre su bebé sano y lleno de vida. Haced así mismo, que su bebé no represente un impedimento para el futuro gobernante del país. Haced que sea mi hijo el benefactor de tan digno rango, como descendiente de nuestro Padre Supremo, Amón-Re. Que se haga como vosotros los Dioses acordéis. Yo, Maatkaré-Hatshepsut pido vuestra bendición”.
Esas mismas palabras, fueron grabadas en diferentes papiros y tablillas de barro que dispersó cuidadosamente por todo palacio, para que fueran escuchadas en todos los rincones sin excepción. Solamente Sennemut era conocedor de las argucias de la Reina.

Los malos presagios perforaban diariamente sus sienes, obligándola a yacer con su pena consternada en su camastro, con la única ocupación de rogar a los Dioses y en especial a Hathor. Desocupándose completamente de sus obligaciones ante el gobierno. Tarea que como siempre el buen Sennemut se encargó de suplir mientras duró su ausencia. Una imagen olvidada del pasado cruzaba su mente. Era la imagen proyectada en el espejo mágico de Hathor. Se negó a sí misma el recuerdo. Pasó toda la noche dando vueltas, algo la removía interiormente, ni siquiera Amra, pudo conseguir su tranquilidad cuando le dio a beber un infalible brebaje de hierbas.
Sin haber conciliado el sueño, entorpecida su mente por el cansancio, escuchó a lo lejos los cánticos de los sacerdotes, entre el bello sonido se cruzaron unos horribles golpes que provenían del exterior de su puerta. Permitió el acceso a tan desafortunado entrometido, con la seguridad de que iba a recaer en él todo el mal humor con el que se levantaba aquel día. Para su sorpresa se trataba de Dyefa, el mensajero real.
Con gesto dubitativo, sin poder evitar mostrar la inquietud que le provocaba lo que tenía que comunicarle a Su Majestad, musitó:
- Majestad, Hija de Amón, la Dama más venerada de entre todas las mujeres, - comenzó a hablar no demasiado decidido, con un leve carraspeo - os traigo un mensaje oficial de nuestro amado Faraón por el que os hace saber que su segunda esposa, la Dama Isis, ha dado a luz esta misma madrugada.
Allí se quedó petrificada, como la estatua de granito que se alzaba en un lateral del jardín de palacio con su apuesta silueta. Por unos instantes se le agolparon multitud de imágenes en su desvariada mente. Lentamente, arrastrando una pierna tras otra para no caer al suelo por el adormecimiento súbito de sus extremidades inferiores, tomó asiento y con ansiedad en su rostro pero con deseo de no exteriorizar en demasía sus sentimientos, solicitó al mensajero que le notificase al Rey la enhorabuena.
- Tened la bondad de felicitar a mi honrado y venerado esposo y a su querida mujer por este acontecimiento, - después de una breve pausa para disimular, continuó -: Decidme Dyefa, noble servidor, el bebé ¿qué ha sido, niño o niña?

Dyefa, obviamente no sabía como responder a su pregunta sin indignarla, pero no quedaba más remedio que hacerlo, sin titubear respondió a su ruego.
- Majestad, tengo que informarle que el bebé es un niño precioso, - se arrepintió al momento, por haberle otorgado libremente ese calificativo, sin tan siquiera conocerle, pero para él todos los recién nacidos eran iguales, para no darle importancia a lo mencionado prosiguió -: Le impondrán el nombre de su padre, Tutmosis, el tercero con este nombre.
El aire se volvió tenso de repente y el silencio insoportable para el pobre y atemorizado sirviente.
- De acuerdo, puedes retirarte, Dyefa, - susurró.
Lo dijo en un tono tan bajo que el joven no la escuchó y se quedó allí con la cabeza gacha esperando que la Reina le diera permiso para marchar. Por fin, la apenada Dama irguió su cabeza y se lo encontró ahí parado, en la misma posición.
- Dyefa, he dicho que puedes retirarte, ¿es que no me has oído?, - gritó con el semblante transformado por el dolor.
- Disculpe Majestad, sino desea nada más...
Y en la misma posición en que se encontraba y caminando hacia atrás sin darle la espalda a la Gran Señora, llegó a la puerta y salió como un rayo, con la esperanza de que no fueran requeridos sus servicios hasta que las cosas no se calmaran. Como temía, la noticia no fue del agrado de la Reina.

No se lo podía quitar de la cabeza, un niño, y ahora que haría, si su hijo fuese también un niño..., problema solucionado, pero y si fuese una niña..., todas sus ilusiones y esfuerzos se habrían esfumado. Su sangre, la de su padre, la de su abuelo no correría más por les venas de un auténtico faraón. Ahora sólo le quedaba esperar al día del parto. Acurrucada en su lecho, lloró rogando a los Dioses para que la ayudaran a salir de aquel infierno.
Se sintió aliviada de repente por unos fuertes brazos masculinos que la rodeaban dándole protección y una suave voz que con cariñosas palabras le hacían sumergirse en agradables sueños. Sueños, en los que aparecía un niño que la miraba ofreciéndole una entrañable sonrisa. Cuando aquellos fornidos brazos hicieron ademán de soltarla, volvió a la realidad. Remolona, se deslizó bajo el lienzo para ofrecerle su rostro y rogarle que no marchara de su lado:
- Por favor, Sennemut, no me dejes. Quédate hasta que vuelva a dormirme. Cada vez es más difícil conseguirlo, pero contigo es diferente, - le aseguró.
- Como quieras. Échate a un lado, pasaré la noche aquí, abrazado a ti, si eso te reconforta el alma, - se ofreció, sin otra intención que calmar sus temores.
- Gracias, si no fuera por ti, no sé que sería de mí, eres mi apoyo, mi consuelo, …

Desde el acontecimiento del nacimiento del pequeño Tutmosis, Hatshepsut permaneció recluida en sus habitaciones todo el tiempo, rogando y suplicando a los Dioses todos los días, como si le fuera la vida en ello, mientras su bebé crecía en su interior ajeno a todo. No consintió conocer al hijo de su hermano y de aquella mujer que tantos quebraderos de cabeza le estaba causando desde que hizo aparición en Palacio. Era demasiado doloroso para ella, en un estado tan frágil como el que sufría. Noche tras noche, se despertaba presa del pánico, reclamando la presencia de Sennemut para cobijarse en sus brazos. Era, de nuevo el recuerdo de aquellas imágenes, cruzaban por su mente como un relámpago para esfumarse en la oscuridad de su memoria.
Hacía unos días que Selkis le advirtiera de la madurez de la gestación, el momento se acercaba, era inminente. Le aterrorizaba culminarlo por temor al fracaso. Sennemut, decidió pasar las siguientes veladas a su lado, en espera del acontecimiento. Se despertó varias veces durante aquella noche al notar la inquietud de su compañera, su abultado vientre se tornó duro y turgente. Su silencio le invitó a probar de dormir un rato. Cabeceaba soñoliento, cuando un grito de dolor le alertó.
- ¿Que te ocurre, querida?, tranquila, debes tener una pesadilla – sugirió.
- No, es el niño, es mi hijo, quiere salir. Avisa a Selkis, rápido, - ordenó con una contracción de dolor que traspasó su mirada, tornándola borrosa.
Inmediatamente se personaron sus sirvientas para ayudarla y al poco acudió su médico real. La noticia de que la Reina estaba a punto de dar a luz se extendió al momento por todo palacio. Se formó una gran expectación. Mientras duró el alumbramiento, los sirvientes de la Casa Real al unísono y sin excepciones, rezaron con denotada fe, suplicando a la Diosa Tueris, encargada de velar los partos, para que todo acabase bien. Incluso algunos acudieron al Templo de Amón, para rogarle al Dios que le diera fuerzas.
Después de varias horas de misterio un grito desgarrador proveniente de las profundidades en las que había caída la Reina, hizo tornar a la realidad a todos los expectantes. Pocos minutos después, Dyefa, a petición de la comadrona, recibía autorización para informar del nacimiento del bebé. Acudió, presto a las estancias reales en busca de Su Majestad el Faraón Tutmosis II, un hormigueo de personas se acercaron a las inmediaciones para ser testigos del mensaje:
- Venerado Señor, vengo a informarle que La Señora del Dios, La Gran Hija de Amón, la más venerada de las mujeres..., acaba de dar a luz. Ha sido una hermosa niña. Se escuchó una exclamación general, seguida de un murmullo lleno de expresiones de lástima y de lamento.
En sus habitaciones, la madre, aún trastornada por el dolor, no tenía fuerzas para llorar, ni tan siquiera para emitir un leve quejido, ni una sencilla protesta. Se había engañado a sí misma todo el tiempo. El espejo mágico de Hathor es infalible. La imagen de su pequeña había cruzado el cristal por varias veces, quiso negárselo a sí misma, lo que supuso un grave error. Con su corazón lleno de resentimiento ni tan sólo se dignó a coger a su pequeña en brazos, no quiso conocerla, de hecho ya había visto su cara, esa carita de niña que aparecía todas las noches en sus pesadillas.
A la pequeña Princesa le impusieron el nombre de Merytré-Hatshepset, porque los Dioses así lo quisieron.

La Elegida de Isis



Llevaba incontables cosechas dedicada a su más profunda pasión. Se esforzaba todos los días de su vida, cediéndose en cuerpo y alma a esa música que sonaba en su interior. Su mayor pena era él. Su amor no conseguía materializarse. Parecía que los dioses la sometían a una dura prueba. Creyó que él era el único que no era capaz de reparar en sus habilidades. Se inquietó al pensar que era el único que parecía no valorar su talento. Suspiró. Lo mejor era dejar de luchar por ese amor imposible.
Estaba comenzando a hartarse de veras, sobre todo de aquella insoportable ciudad extremadamente arquetípica, fuente de disturbios y luchas de poder que estorbaban su creatividad. Había nacido para la danza y para la música. Desde niña deleitaba a los más acaudalados nobles que requerían sus servicios. Lamentablemente, eran todos unos pedantes y arrogantes descarados que no ocultaban el deseo grabado en su mirada lujuriosa. Se preguntó siempre porqué los dioses le habían otorgado aquel cuerpo esbelto, aquellos pechos perfectos, aquellas largas piernas, aquella melena lacia que junto con sus ojos formaban la perfección de la belleza. Hubiera querido ser basta, que sus manos de finos dedos esculturales no fueran capaces de tanta sutileza. Le recordó sólo a él. Y lloró.
Estrujó bruscamente y con violencia el largo rollo de papiro escrito en cuneiforme que su Maestra un día le entregara. Desde entonces, aquel día de su adolescencia, no había dejado de aprender con las enseñanzas de sus antepasados. Sin cavilar más sobre su pretérito, se dispuso a explorar nuevas metas. Su interior sabía que había llegado el momento de emprender un nuevo camino.
Suspiró por última vez.

Al abrir de nuevo los ojos descubrió a su dulce Isis, quien con una serena sonrisa en los labios le indicó que se incorporase. Se levantó de su butaca preferida, aquella donde pasaba largos momentos de grata lectura, la misma en la que rememoraba gratos recuerdos de su vida y reconocía también sus fracasos. Se puso en marcha. Buscaría un cambio notable para su vida, quizás esta vez él se decidiera a mirarla. Ansiaba la armonía y la tranquilidad incondicional. Hasta ahora todos los hombres indeseables a los que había otorgado su arte habían requerido su cuerpo para saciarse. Todos menos él. Él nunca se lo pidió. En cambio, por él hubiera accedido.
Era una mujer de retos. Se podría decir que diferente a la mayoría. No lo pensó un instante más. Calzó sus apreciadas sandalias de esparto reforzadas en suela y puntera para la danza. Cubrió su torso con tules de seda blancos y dando una amplia lazada a su cintura con cinta dorada, partió con aire emprendedor. Asió con fuerza el viejo laúd y cerró la puerta tras de sí.

Hacía ya más de cuatro jornadas que caminaba sin rumbo fijo, se dirigía en cada momento allá donde la intuición la encaminaba. Cada paso que daba estaba más convencida de que lo que había decidido era lo correcto. Isis, asintió con un suave y gentil movimiento de cabeza. Aquel gesto la emocionó. Caminaba pisando el terreno con fuerza, dejando huella en el denso limo, su rastro quedaba clavado con tanta intensidad que si alguien se propusiese seguirla, no tendría demasiada dificultad. Sonrió para sus adentros. En su fuero interno sabía que aquello no era posible. Siempre fue consciente, de todos modos, que durante el camino le aparecerían nuevas trabas que tendría que superar, pero eso no le suponía ningún impedimento, más bien al contrario, aprovecharía esas trabas para enriquecerse. Tenía una clara certeza de que allá donde iba encontraría lo que buscaba.

Casi sin darse cuenta, había vuelto a oscurecer. Creyó que la blanca luz del plenilunio era su única compañía. Contaba el tercer mes de Shemú, la estación de la cosecha. La brisa fresca que acompañaba la noche se hacía grata. Miró ante sus ojos, supo entonces que el viaje sería largo. Se fijó de pronto en una pequeña luz resplandecer entre la inmensidad del desierto, por un momento creyó que parpadeaba, pero pronto se dio cuenta que la intermitencia la provocaban las incipientes nubes que acechaban desde el horizonte. Se dispuso a atravesar el valle derecho en dirección a aquel diminuto punto que tanto la atraía. Nunca antes se había adentrado por aquellos parajes que pudieran parecer inhóspitos. Detectó en cada grano de arena, en cada risco, un encanto especial. Aunque la perfección estribaba en aquel extraño silencio, al que calificó como un lugar de paz y eternidad.
Encontró una estrecha pero confortable hendidura entre las rocas a modo de cobertizo que usó para guarecerse de la noche. Se acomodó con la intención de quedarse dormida lo más pronto posible. Al día siguiente le esperaba otra jornada de camino y reflexión. En ocasiones olvidaba que Isis continuaba fiel, haciéndole compañía. Ella una devota de la Diosa, supo que estaría protegida. La gran Diosa de la magia, quien a su vez era capaz de devolver la vida al espíritu, no iba a abandonarla. Cualquier resquicio de temor, se esfumó.
Aunque la oscuridad invadía la oquedad, supuso que al amanecer Ra haría acto de presencia filtrándose por el hueco con efectividad. Esperaba que así fuera, pues tenía un sueño muy profundo y lo único que la despertaría sería la claridad del día. Para su suerte, sucedió como esperaba, los sinuosos y tempraneros rayos de Ra, rozaron el perfil de su cara invitándola a levantarse. Salió de la pequeña cueva y alzó los brazos desperezándose. Al mirar al frente pudo percibir de nuevo aquella lejana luz que se abría paso a duras penas entre la frondosidad de las insistentes nubes. Debía haber caminado bastante el día anterior, pues esta vez la luz estaba mucho más próxima, la creyó claramente más cercana. Le extrañó, no podía distinguir de donde procedía. Imaginó que provenía de alguna casa habitada, perdida en el desierto, posiblemente se levantara por allí algún pequeño poblado. Rogó a los dioses que no fueran maleantes hijos de Seth. Aún temiendo por su integridad, aquella luz seguía siendo demasiado atractiva. Isis volvió a gesticular. No había lugar a dudas. Su camino era aquel.
Escuchó el ronroneo de sus tripas. Había estado tan enfrascada en pensamientos que no se había acordado de tomar algo de alimento, si no lo hacía, en breve comenzaría a perder fuerzas y eso era algo que no se podía permitir. Como no tenía ninguna prisa, se detendría a comer alguna cosa que le ofreciera la Naturaleza y más tarde continuaría por el sendero en esa misma dirección. Sería difícil encontrar que echarse a la boca para saciar el repentino apetito. Trepó por una pendiente. No pudo creer su suerte. A menos de doscientos codos se vislumbraba un pequeño oasis plagado de datileras, sicómoros y un bello estanque en el que incluso parecían bañarse algunos ánades. Acudió presta a saciar su apetito, teniendo muy en cuenta que no podía olvidar el punto en el que tomaba el desvío, para al concluir volver sobre sus pasos y reanudarlo donde debía. Encontró una roca perfecta para tomar asiento. Se dispuso a comer unos maduros y dulces dátiles, acompañados de unos higos chorreantes de miel en su interior. Para finalizar, se tumbó sobre la tierra húmeda que formaba la orilla del estanque y bebió hasta la saciedad, dando pequeños e intermitentes sorbos. El agua estaba tan clara y cristalina que invitaba a darse un baño. Dejó al abrigo su laúd, se deshizo de los tules de seda que cubrían su cuerpo y de las sandalias. Sin más se lanzó al agua. Isis quiso acompañarla. Se sumergió a su vez, pidiéndole que la imitara. Neithotep, no se lo pensó, su dulce Diosa siempre sabía lo que debía hacerse en todo momento. Se inició el ritual. Ambas sujetaron sendas conchas que a modo de cuenco utilizaron como vertedero de agua sobre sus cuerpos. Sin darse apenas cuenta, los movimientos sinuosos, precisos, lentos, sensuales, se estaban convirtiendo en una perfecta danza carente de música. Pero aquello no era cierto, más tarde acertó a escuchar las notas de su viejo laúd. Pensó que todo era fruto de su imaginación. Diosa y devota, danzaron obnubiladas hasta considerar que la purificación había llegado a término. Se sintió más ligera y pura que nunca antes en toda su vida. No entendió como pudo imitar a Isis con tanta perfección y realismo. Se sintió orgullosa de sí misma. La Diosa, la felicitó y le recordó el camino. Regresó sobre sus pasos y volvió a bajar la pendiente que la condujo de nuevo al sendero. Sonrió para sus adentros. La luz objeto de su andadura, seguía inmóvil esperándola.
Durante el agradable paseo, se convirtió en mágica la oportunidad que disponía para aclarar su mente y sobre todo su corazón. Aquellos largos momentos de soledad le aportaban más de lo que nunca hubiera imaginado. Eran instantes para conectar con su interior y sincerar su ba. Tuvo tiempo para revisar su transcurrir desde la más tierna infancia, evocó el momento en que fue consciente de su orfandad, de su miserable soledad...
Recordó su llanto al regresar al hogar vacío, después de un gran esfuerzo por mostrar sus aptitudes, ante el soberano, quién no pareció reparar en ella. Todo lo que consiguió fue beneficio material. No esbozó siquiera una mirada sincera de aprobación. Aquel recuerdo la estremeció. ¿Era él incapaz de percibir el Amor?
Recordó el día que después de jornadas de grandes ofrendas a Isis, el destino la puso en contacto con quien se convirtió en su Maestra, la sabia Meredet-nofret. Tuvo una corazonada. Regresaría y recuperaría el papiro que contenía parte de sus enseñanzas. Se culpó por la impulsividad de aquel gesto destructor. Meredet-nofret, la hubiera reprendido con razón. No debía actuar sin antes pensar muy bien lo que iba a hacer. Al mismo tiempo no debía dudar sobre un primer impulso, ese siempre sería acertado. Entonces, no lo entendía. Se preguntaba qué era lo correcto, seguir los impulsos o bien pensar antes de actuar. Parecía un tremendo embrollo. Ahora a su avanzada edad, comprendía a la perfección aquellas palabras. Se debe tener la habilidad de dominar ambas a un tiempo. Pero esa habilidad solamente se adquiere con la práctica y tras mucha experiencia.
De repente, aquel resplandor. Estaba más cerca que nunca, a muy poca distancia, si no se detenía alcanzaría la luz antes del anochecer. Se sorprendió de nuevo, miró a su alrededor. Era la silabeante voz de Isis quien hablaba, animándola a continuar. No era necesario, no había lugar para la duda, aquel era su camino. Pareció que a un tiempo unas vocecillas extrañas querían también opinar. No distinguió su origen.
Realmente consecuente de lo que estaba ocurriendo, alcanzó su destino. Se detuvo a tan solo unos codos de la fuente de la que emergía aquella energía. La oscuridad de la noche quedaba mortecina por la claridad que se filtraba a través de la entrada de la casa. De nuevo aquellas vocecillas frágiles pero intensas volvían a inmiscuirse en sus pensamientos. Insistieron en que se acercara más. Obedeció, caminando a paso lento y meditado. Se asustó de repente, unos ladridos la alertaron. Miró alrededor hasta distinguir la silueta de un precioso chacal de pelo negro aterciopelado, orejas puntiagudas y hocico alargado. Lo reconoció al instante. Era él, Anubis. El mismo Dios Anubis fue quien la recibió. Le asombró su aspecto portentoso, inmaculado, característico de su persona. La escrutaba con detenimiento. Sin sentirse en modo alguno intimidada, Neithotep se dejó ver por dentro. Quedó inmóvil mientras el animal la olisqueaba a conciencia, acercando su hocico a todos los rincones, como si buscase algo en concreto o quizás, fuese solamente para memorizar su aroma. Supo que el Dios estaba procediendo, sopesando su ba ante la inapelable Maat.
Sintió un grato alivio. El chacal, le permitió continuar. Observó el lugar con detenimiento, las paredes se elevaban fuertes y robustas, de tal manera que nadie pudiera violarlas por la fuerza, estaban dispuestas de tal manera que conformaban un muro de aspecto indestructible. A una señal, penetró. Atravesó el dintel y ascendió. La luz resplandecía ahora por doquier, era más intensa que nunca, agradable y perfecta. Dudó hacia donde dirigirse. Penetró, en primer lugar por el pasillo de la izquierda, topándose con un alto muro infranqueable. Regresó al punto de origen para penetrar esta vez por el pasillo de la derecha, sin saber como, a los pocos pasos volvió a encontrarse en el punto de inicio. Comenzó a desesperarse. Le pareció extraño. Había perdido la noción del tiempo y del espacio. Creyó, incluso, haber perdido la percepción de la luz. Cuando consiguió tranquilizarse se dio cuenta que no, la luz seguía invadiendo la estancia, atravesando las gruesas paredes de los innumerables pasadizos. Alcanzó la sala oculta sin saber como lo logró. Se sintió plena. Sucumbió. Su último pensamiento fue para él. Para Userkaf con todo el amor que una mujer pueda procesar a su amado.


El sol era insoportable, varios de los ayudantes del equipo de Blaster, salieron de la oquedad buscando aire limpio que respirar. A los pocos minutos, Blaster salió también, estaba extasiado, muerto de cansancio, aunque alegre a un tiempo por haber dado con aquel sepulcro.
Observó el lugar con detenimiento, sus paredes se elevaban fuertes y robustas, de tal manera que nadie pudiera violarlas por la fuerza, estaban dispuestas de tal manera que conformaban un muro de aspecto indestructible. Curiosamente, aquella tumba escondía un frágil secreto entre sus límites. Imaginó que aquel había sido el motivo por el que los obreros, por orden del Faraón, habían dado aquel aspecto laberíntico a su interior. Si se adentraba por el pasillo de la izquierda, se topaba con un alto muro infranqueable. Si se hacía por el pasillo de la derecha, sin saber como, a los pocos pasos se regresaba al punto de inicio.
El reconocido arqueólogo, se hallaba en pleno estudio de la tumba descubierta en la vertiente occidental de Saqara. Sintió una profunda emoción al descubrir el mensaje inscrito en las paredes de la Dama más Bella de toda Kemet. Éste era el título que el Faraón Userkaf había otorgado a quien fuera la mujer que siempre amó. Según advertía el mensaje, la Dama Neithotep tenía el aspecto de una Diosa. Se asimilaba en todos sus rasgos a la Gran Diosa Isis, se movía y danzaba como tal. Sus sinuosos movimientos provocaban tal cúmulo de sensaciones que nunca osó codiciar para su satisfacción. Neithotep, se elevó a los altares cual Diosa celestial. El Faraón, lo menos que pudo hacer después de su muerte, fue otorgarle el eterno descanso mediante el reconocimiento absoluto de sus facultades.
Blaster, también lloró de agradecimiento.